El día se ha presentado con un solazo estupendo, de los de veranito agradable. Un tiempo ideal para darse una vuelta por esa feria de la que os hablaba antes.
Puestos de comida, atracciones, música en vivo de todo tipo, niños, adultos... y todo en medio del bosque de Frankfurt, a las afueras de la ciudad.
Unas vueltas en la noria para disfrutar de la vista de Frankfurt desde lo alto, una ronda en los autos de choque recordando viejos tiempos (estoy en Mungia el segundo fin de semana de fiestas, ¿alguien se apunta a unos choques frontales? ¿Kuko, compañero de columpios? Prometo darte flojito que ahora eres "aitatxu") ...
Cada puesto por el que pasábamos olía mejor, pero antes de comer hemos optado por montar en una última atracción:

Si alguno se ha fijado en el gesto del chico de enfrente, en principio no iba para mí, pero me lo habría merecido.
¿Acaso no aprendo? ¿No me quedó claro ya durante el curso de buceo que no llevo bien el mareo? ¿Quién me manda montarme en un trasto cuyo único objetivo es dar vueltas a alta velocidad y sobre varios ejes?
Resultado: repentinamente los deliciosos olores que me rodeaban sólo me daban ganar de buscar un rincón en el que deshacerme del desayuno.
Con la vista baja para ver el mínimo movimiento posible me he "arrastrado" hasta el tranvía que nos ha llevado de nuevo al centro. Allí, una siestita en el césped a la orilla del río me ha dejado como nueva.
Eso sí, a partir de ahora la atracción más vertiginosa a la que pienso subirme es ésta.

¡Saludos estáticos desde un entorno que ha dejado de girar!