
Meses después de organizar la visita, finalmente llegó la fecha del encuentro. El viernes por la tarde me acerqué al aeropuerto para recibir a Ana.
Me gusta sentarme en la sala de llegadas a observar a la gente que espera, con diversos grados de impaciencia, a que sus amigos, familiares o “encargos laborales” salgan de la zona de recogida de equipajes.
Los niños suelen ser los que más se alteran, o al menos los que más se permiten mostrar esa emoción que los invade al ver a un ser conocido aparecer tras las puertas automáticas. Pero todos, hasta los menos expresivos, dejan escapar una amplia sonrisa. Es entretenido inventar historias sobre quiénes son y a quién esperan los individuos de alrededor (único recurso si se te olvida llevar un buen libro).
Cuando no haya nada interesante en cartelera puede que me plante allí, con un buen cubo de palomitas, a disfrutar de cientos de finales “made in Hollywood”. Al menos me ahorraré la larga tira de anuncios que embuten los alemanes antes de la peli...
Ahí daba comienzo nuestro fin de semana turístico y soleado, en el que pateamos cual si hubiera huelga de transportes urbanos.

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