
No sin cierto temor a que me eliminaran de su lista de contactos, durante la semana previa al festival eurovisivo envié un mail a mis amigos de Frankfurt para proponer acercarnos a algún local en el que lo televisaran y disfrutar del evento en un entorno multinacional. Varios se animaron y acabamos en el bar del English Theatre, rodeados de guiris de multitud de países.
Como la originalidad está en decadencia y el pensamiento colmena se globaliza, también allí fueron abundantes durante las votaciones los familiares comentarios del tipo: "si nosotros también nos hubiéramos dividido en tantos países como la URSS tendríamos muchas más posibilidades de ganar" y "yo no sé para qué votan, si todos sabíamos el resultado antes de empezar".

Pero ése fue sólo el final de un día que empezó con desayuno en Sachsenhausen y un paseo por los pintorescos puestos de segunda mano (quien dice segunda dice decimotercera) del rastro a orillas del Main. Es increíble la cantidad de... de... de... "antigüedades" inservibles que pueden llegar a reunirse encima de una mesa. Digamos que hay algunas cosillas interesantes, pero abunda la morralla resultado del vaciado de altillos y trasteros polvorientos.

Un toque de cultura con la visita al museo Städel, pateo prolongado por el centro de la ciudad, visita a un supermercado (una de mis actividades preferidas en los viajes) y ratito de descanso en el sofá como preparación para la quedada nocturna.

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