El fin de semana en el hogar ha sido completito, como a mí me gustan.
Afortunadamente el resultado del segundo análisis de sangre sí mostraba los valores que necesitaba presentar al endocrino, así que nos dimos una vueltita por Bilbo para oírle decir que todo iba bien. También caímos en la cuenta de que en breve celebraré el vigésimo aniversario de mi primera aparición en su consulta, y por tanto, la pastilla número 7.305 (digamos que con un margen a la baja del 1 al 5% por prisas matutinas, viajes con equipaje mal organizado, "ay!-se-me-ha-acabado-el-bote", etc.)
No faltó la tradicional visita a los abuelos, en la que siempre se oyen cosas interesantes sobre su vida desde mucho antes de que yo hubiera "decidido" unirme a la familia.
Falta Iolan, por estar ejerciendo de talentosa fotógrafa.
El sábado noche se materializó una estupenda sugerencia de Ireide: darle un poco de solera a su recientemente estrenado piso celebrando lo que se conoce como una "fiesta de pijamas". Retorno a la adolescencia. Me hizo recordar una ocasión, en los años de instituto, en la que un esguince de tobillo me impedía salir y todas nos reunimos en mi casa para dormir acampadas en la sala. Sabéis que si por mí fuera colgaría una foto de aquella ocasión para mostrar un antes y un después, pero quiero asegurarme de que también me inviten a la siguiente...
Y llegamos al punto final: la paciencia, obligada, que le está tocando cultivar a Estela estos días. Porque todos estamos deseando que llegue Ekhi, pero algunos tienen más motivo que otros... ¡Ánimo, Estelurri!